Las Torres: Patagonia chilena

 

Son un hito de la Patagonia austral chilena y cita obligada de trekkers de todo el mundo. El área protegida que las contiene es una trama de senderos que atraviesan bosques, lagos, glaciares y una vasta estepa. La aventura empieza y termina en Puerto Natales, la ciudad de referencia. Estuviste ahí? Contanos tu experiencia.

Cerca de la cima, cada paso es gigante. Respiro profundo y doy la última estocada sobre un montículo de piedras para sumarme a una hilera de camperas fluorescentes, al borde del abismo. Las tres agujas de granito se alzan enfrente. Siento que ya las conozco de tanto verlas en postales y tapas de libros de la Patagonia. Pero estar acá, debajo de ellas, es pura sensación. Al inevitable “ooooh” del primer impacto, le sigue un “aaaah” casi naïf. Cuando la única nube deja al descubierto la torre central, surge un “woooow” generalizado. Las cámaras no dan abasto.
Tenemos suerte. No es fácil ver las tres torres con tanta nitidez y a veces hay que contentarse con una parte de ellas, me apunta un guía mendocino que sube esta montaña tan seguido como yo subo las escaleras de mi casa. Dice que son imperdibles al amanecer, cuando sus paredes se tiñen de un rojo intenso que parece un fuego. Quizás la analogía no sea la más feliz, justo un mes después del incendio que arrasó con 17 mil hectáreas de bosque por la negligencia de un turista que quemó papel higiénico. Se pensó que caería el número de turistas, pero no fue así. Al contrario: el triste capítulo de las llamas relanzó el deseo por las torres y ahora todos quieren asistir a su renacer.
La torre Sur es la más alta (2.850 metros), pero engaña la perspectiva porque está atrás. La central (2.800 metros), vertical y abrupta, aparenta tener más altura, y es la que arranca suspiros. Y la de la derecha, o Norte (2.248 metros), la más ancha, completa el trío sobresaliente del macizo Paine, la estrella mayor de este parque nacional declarado Reserva de la Biósfera por la UNESCO en 1978.
Cinco horas de trekking y ya me olvidé del dolor lumbar, las ampollas y hasta del hambre, mientras devoro mi sándwich como si fuera caviar. Antes, experimenté el tranco mediano y largo, y alterné las tres respiraciones cortitas con la más lenta y pausada. Me abrigué y desabrigué a un ritmo esquizofrénico. Le saqué fotos a desconocidos de todas partes del mundo y, por momentos, me olvidé que estaba en Sudamérica. 
Más abajo, un grupo de ingleses me invitó a navegar en Manchester. Hice buenas migas con una pareja de turcos mientras observamos unos pájaros carpinteros. Tomé agua del arroyo con unos franceses que venían de vivir dos excepciones patagónicas: un desprendimiento del glaciar Perito Moreno y ballenas en la bahía de Ushuaia. En otra cuesta charlé con Marilyn, de Wisconsin, una señora de setenti-largos, pelo largo y canoso, que parecía un hada salida del bosque encantado. 
Es impresionante los lazos que se pueden hacer en un mínimo tramo de montaña. Estoy segura de que si me cruzara con esta gente en cualquier avenida, ni nos registraríamos. Pero acá nos sonreímos, nos decimos los nombres, la nacionalidad y, a veces, intercambiamos mails. Como si el mundo fuera mucho más chico de lo que parece. 

El abecé de la vida trekker
La W, esa letra poco usada en español, es en Paine la más popular de todas. Así se llama su circuito principal, algo así como el sueño del caminante que permite descubrir en unos cinco días un popurrí de estepa, lagos, bosques, glaciares y los principales hitos del parque: la base de las Torres, el Valle del Francés, los Cuernos, el lago y glaciar Grey. 
La forma masiva y económica de lograrlo es la de los mochileros: dedo o bus desde Puerto Natales hasta la portería de Laguna Amarga (una de las entradas del parque), pagar el pase y caminar hasta encontrar un refugio o camping donde pasar la noche, sin muchas pretensiones.
Pensar en un hotel es situarse en el otro extremo de la propuesta, y casi no hay grises. Porque decir “hotel” en Paine es ser recibido con pisco sour y un masaje en el spa, dormir en una cama mucho más cómoda que la propia, tener un staff de guías a disposición y la agenda de actividades escrita en una pizarra, y nada más decidir entre la centolla o el cordero para la cena.
Esta versión la experimento en el hotel Tierra Patagonia, el nuevo lujo del parque. Construido en madera de lenga de punta a punta, el imponente edificio de forma ovalada se camufla con la estepa, frente al lago Sarmiento. Abrió en noviembre de 2011 y tuvo que cerrar un mes después, a causa del incendio. Como el arca de Noé que simula su estructura, éste también se salvó, pero de las llamas. Y reabrió a pleno, con sus 40 habitaciones ocupadas y la vista intacta a los Cuernos del Paine.
Hacia ellos vamos con un grupo de turistas en la primera salida programada. Es un trekking corto, ideal para aclimatarse. En el camino bordeamos el lago Nordenskjöld y visitamos el Salto Grande del río Paine. 
Una subida ligera nos deja plantados en un mirador con vista a los cuernos más fotogénicos del Paine. Muchos se los confunden con las torres. Estos también son tres y forman parte del Macizo o Cordillera Paine, que está separado de la Cordillera de los Andes como una masa solitaria de piedra en medio de la estepa, desde hace doce millones de años. Lo que más llama la atención es su aspecto bicolor de granito (gris claro) y sedimento (gris oscuro).
¿Cuernos o torres?, le pregunto al guía, y lo pongo en un aprieto. Pero se la juega: “Los cuernos se ven apenas se ingresa al parque. Las torres, en cambio, hay que llegar hasta ellas”. Ver las torres y los cuernos, en Paine, es equivalente a conocer el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel en París. Con un poco menos de cartel, el tercero más buscado es el cerro Paine Grande: sus 3.050 metros lo convierten en el pico máximo, casi omnipresente, del macizo.

Paso de la Guitarra
Christopher Purcell, el gerente del Tierra Patagonia, mitad chileno mitad gringo, está cansado de ver cómo los huéspedes entran y salen a explorar el parque, mientras él sólo lo ve a través de los ventanales del hotel. Hoy cumple años y decide festejarlo sumándose a la excursión del día, el Paso de la Guitarra. Nos acompaña la guía Kineret, chilena hasta la médula, y una pareja de mieleros españoles de Córdoba, cuya única preocupación es ver “gauchos”.  
Bordeamos el lago Maravilla, que hace honor a su nombre, y más adelante el lago Porteño. Ni aparecen en el mapa oficial del Paine. Ventajas de la vida VIP: no sólo vamos con el gerente, sino que encima descubrimos un sector exclusivo en la parte sur del parque, ubicado dentro de una propiedad privada. Es probable que seamos los únicos humanos que caminamos por acá y que los próximos sean nuevos huéspedes del hotel.
Atravesamos bosques de lengas, coihues y canelos. De pronto, se imponen las aguas turquesas del lago del Toro. Es el más grande de la región y le pone color al Macizo Paine que se extiende detrás.
En un recreo ventoso en la playa de la Bahía Maitenes, me cuenta Kineret que, como casi todos los guías del lugar, llegó por amor a la naturaleza, sin un centavo y con un fuerte deseo de descubrir el parque. Lo conoció trabajando, y así lleva ya unas cuantas temporadas, alternando con otras en el desierto de Atacama, los dos extremos más turísticos de Chile.
Pasan rápido las cinco horas de caminata. Al final nos espera una mesa improvisada de cumpleaños, con quesos, frutos secos y un vino espumante, en el puesto La Duda. El propio Chris lo descorcha y el brindis se prolonga en el hotel, a la vuelta, frente al lago Sarmiento y con jazz de fondo. 

Un camping eco-friendly
Despertar adentro de una esfera de plástico y ver tres torres anaranjadas a través del techo no es lo que se dice cualquier mañana. Lo único que me preocupaba era que las “paredes” de mi suite geodésica soportaran los vientos de 160 km por hora, nada infrecuentes en esta zona. Miedo superado: dormí con más confort que en muchos hoteles urbanos, y eso que estoy en el alojamiento más eco-friendly del parque. 
El EcoCamp es una sucesión de domos conectados a través de unas pasarelas suspendidas en medio del bosque. Tienen piso de madera, camas, baño, ducha, cortinas y hasta una pequeña terraza. Está construido con el mínimo impacto ambiental: si un día hay que levantar campamento, no quedaría aquí ni una huella. Así ya lo hicieron una vez, cuando se mudaron desde la Estancia Cerro Paine hasta su lugar actual, en la base de las torres. 
Sus políticas amistosas con el medio ambiente incluyen paneles de energía solar, calentadores de propano para el agua, reciclado de basura y un innovador sistema de baño de compost. 
Pero no todo es ecología en este campamento de alta gama. Hay una vida social muy activa que se da en los domos comunitarios, los tres más grandes del complejo. Los huéspedes confluyen alrededor del fuego, comparten un aperitivo y comen cosas ricas, mientras los guías despliegan mapas para contar las actividades del día siguiente.

Lago y glaciar Grey
El plan es salir temprano desde el EcoCamp y poner rumbo hacia el oeste del parque. Coco, el chofer, le toma el pelo a uno de los guías por cómo ceba el mate. “Éste no sabe porque es chileno”, arenga. Como buen local, Coco nos ilustra sobre la esencia del ser magallánico: “A diferencia del chileno (léase, habitante de Santiago), acá tomamos mate, hablamos más cantado, usamos dos veces el afirmativo y el negativo, tenemos nuestra propia bandera y nos sentimos más argentinos que chilenos”. La República Separatista de Magallanes, así le llaman algunos.
A esta altura, creo que el viento inclemente también podría ser un distintivo magallánico. Así lo sentimos cuando llegamos a orillas del lago Grey, tratando de que no nos tumbe. A esta playa de piedras negras llegan cientos de témpanos de hielo que se desprenden del glaciar Grey, una de las lenguas del Campo de Hielo Sur. Caminamos por su orilla y nos acercamos a los bloques de hielo, que pasan de azul a celeste según cómo se filtre la luz y sólo de cerca se ven transparentes.
Superada esta instancia, viene la parte más cómoda: ponerse el salvavidas, esperar en el muelle, subir a los Zodiac y ser trasladados hasta el catamarán.
En menos de una hora, el barco nos acerca hasta el frente del glaciar de seis kilómetros de ancho y más de 30 metros de alto. El capitán da luz verde para subir a la cubierta. Lo hacemos abrigados como osos, para abalanzarnos sobre las barandas del humilde barquito. Es una aproximación bastante arriesgada y tengo la sensación de que la masa de hielo me roza las mejillas. En compensación, el whisky ayuda a domar un poco el frío, cuando promedia la tarde y el Paine Grande se divisa azulado detrás del glaciar. 


Valle del Francés

Antes de sacar el pañuelo, la buena noticia es que el sector más perjudicado por el último incendio está en pleno renacimiento. Pasó de terapia intensiva a terapia intermedia. Sobre las cenizas y los restos de troncos ennegrecidos se volvieron a plantar miles de lengas, coihues y ñires gracias a la campaña Reforestemos Patagonia, un acierto publicitario que espera llegar al millón de árboles donados a través de una página web. Y pensar que hasta hace unas pocas semanas este lugar era un revuelo de brigadistas y aviones cisterna; estamos en un sendero de 16 km, uno de los hitos esenciales del circuito W, su vértice del medio. 
Para alcanzar el otro lado del lago Pehoé, tomamos un catamarán que sale desde el Refugio Pudeto. El horizonte es siempre el que dibujan los Cuernos y el Paine Grande. Por este sendero se los ve de frente, y más lindos a medida que se avanza. En cambio, si se opta por el que sale desde el Albergue Los Cuernos (desde el este), se les da la espalda. 
Ganamos altura, bordeando el Lago Skottsberg. A mitad de camino, cruzamos un puente colgante que se bambolea sobre el río Francés. Apenas pasamos el Campamento Italiano, donde no sobra ni un centímetro de tierra para clavar una estaca, asoma la lengua del Glaciar Francés. Y acá plantamos bandera. El tramo que sigue no es apto para cualquiera: empinado y lleno de piedras grandes que hay que sortear con buen estado físico, sube hasta el Campamento Británico, el mirador más espectacular de los Cuernos. Desde ahí se puede acceder a un valle donde además se ven las torres. Dicen los que bajan que no tiene desperdicio. 

Puerto Natales

A orillas del Canal Señoret, el muelle Braun & Blanchard fue construido por la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego, en 1910, y es un icono de Natales. Hoy quedan sólo sus pilotes, donde los cormoranes se posan puntualmente al atardecer. Cada uno tiene el propio y no dejan que otras aves les roben su pequeña porción de paraíso. 
Fuera de esta postal tan fotogénica, la capital de la provincia Última Esperanza (bautizada así por el navegante Juan de Ladrilleros que buscó, sin éxito, la salida del Estrecho de Magallanes) es una típica población chilena austral. Ganó fama como puerta de entrada al PN Torres del Paine, tiene una rica historia ligada a la inmigración inglesa y presume de una arquitectura inglesa bien conservada que envidiaría cualquier ciudad del otro lado de la Cordillera. Así lo manifiestan sus casas de techo de chapa a varias aguas, que se pueden apreciar caminando cerca de la Plaza de Armas y a través de una impecable muestra de fotos antiguas en el Museo Histórico. 
Contra lo que su nombre –Puerto Natales– sugiere, no hubo aquí pescadores sino una floreciente industria basada en la ganadería ovina a principios del siglo XX. El frigorífico Bories fue su matriz, hoy devenido en The Singular, el hotel más lujoso de la Patagonia chilena que significó además un extraordinario rescate patrimonial. Propone una experiencia exclusiva, con una cocina de alto vuelo, spa y un menú de expediciones a zonas solo accesibles para sus huéspedes. 
Una de ellas es la cabalgata a la estancia Tres Pasos.  Como curiosidad, es el lugar donde Gabriela Mistral escribió su último poema, “Desolación”. La excursión más alucinante es la navegación por los fiordos, con paradas en los glaciares Balmaceda y Serrano, ambos dentro del Parque Nacional Bernardo O´Higgings, que colinda con el Paine y lo supera en tamaño. Si hay tiempo y la marea lo permite, los guías reservan para el final una perlita: la laguna azul, una de las más prístinas de la zona.
Para los que prefieran la vida citadina con algunas incursiones en el parque, Natales no defrauda en materia de servicios. A su variada gastronomía suma un repertorio de hoteles design construidos sobre la península. 
El hotel Altiplánico es uno de sus mejores exponentes: combina confort y una meditada rusticidad, una marca registrada de esta prestigiosa cadena chilena. Para construirlo se priorizó el entorno, por eso el edificio está prácticamente enterrado en la ladera (al punto que cuesta distinguirlo desde la ruta) y recubierto con pasto en el techo. Lleno de ventanales, así no hay forma de perder de vista los fiordos, las cumbres nevadas y la estepa circundante. 

El Milodón, ¿mito o realidad?

Esta especie de oso hormiguero con aspecto de bonachón le dio celebridad a la región antes que las propias Torres del Paine. Lo conozco apenas llego a Puerto Natales, cuando veo su réplica en la rotonda de acceso, y ya me resulta querible. ¿Es un imán para atraer niños? ¿Es la mascota de la ciudad? Nada de eso. Se trata de un herbívoro prehistórico cuya existencia oscila entre la fábula y la realidad.
Sin dudarlo, voy a la cueva donde se encontró este extraño ser, a 25 km de Puerto Natales. Ahí me entero de que un tal Herman Eberhard recorría los campos de su estancia, en 1895, y en una gruta del cerro Benítez dio con un enorme trozo de piel de un animal desconocido. Al no poder identificar su origen, lo dejó colgado de un árbol, en exhibición. El que reparó en esta prueba fue el científico sueco Otto Nordenskjöld, quien determinó que la piel de rojizos y largos pelos pertenecía a una especie extinta, el milodón (Milodon darwini). Se cree que andaba en dos patas y se apoyaba sobre su gruesa cola.
La noticia de un ser vivo de esas características conmocionó a la opinión pública mundial. Como los restos encontrados estaban tan bien conservados y hasta húmedos, debido a las condiciones de la cueva, se llegó a creer que aún quedaban exponentes de la especie circulando por el lugar. Incluso el diario inglés The Daily Express organizó una expedición para encontrar ¡vivo! un milodón.
Tiempo después, Otto volvió a la cueva para realizar más excavaciones y notó que el suelo estaba removido hasta la roca viva. Se rumoreaba que había personas que vendían trozos de cuero y huesos en Punta Arenas, y esas piezas llegaron misteriosamente a museos de Londres, Roma, Berlín, Estocolmo, Helsinki, La Plata y Nueva York. 
El pobre milodón se desparramó por el mundo, y lo que quedó acá del original es apenas un fragmento de fémur y algunos pelos. 
Todavía se discute cómo se pudo haber extinguido. ¿Se lo comieron los indígenas? ¿Se lo llevó un episodio volcánico catastrófico? Nadie sabe. 
La réplica que existe en la entrada de la cueva, de 30 metros de alto, no es precisamente una obra de arte pero sirve de referencia. Después, la imaginación se encarga de darle vida a esta enigmática bestia peluda, que parecería haber habitado hace diez mil años en una profunda cavidad donde hoy cuelgan estalactitas.   

Vuelta por El Calafate
Para seguir viaje por la Patagonia del otro lado de la cordillera, se puede cruzar en transfer (los hoteles ofrecen este servicio con costo adicional) o en micro. El cruce de Puerto Natales a Río Turbio es tan rápido que no da tiempo a llenar los papeles de migraciones; apenas 15 km separan estas dos ciudades fronterizas, vinculadas por el Paso Dorotea. 
Después de la ciudad del carbón, esperan unas cuatro horas (en micro) hasta El Calafate, un trayecto desolado en el que se impone esa constante geográfica tan patagónica, la de las distancias eternas y la pura estepa.

Cuba: segundo destino turístico caribeño

 
República Dominicana encabeza la lista con más de cuatro millones de visitas en su mayoría procedentes de Estados Unidos, Europa y Canadá en ese orden.
 
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Cuba fue el segundo destino turístico más visitado en el Caribe en 2012, una región que recibió unos 15 millones de turistas el pasado año, según los datos  publicados por la Organización de Turismo del Caribe (OTC). 

República Dominicana encabeza la lista con más de cuatro millones de visitas en su mayoría procedentes de Estados Unidos, Europa y Canadá en ese orden.

A diferencia de República Dominicana el mayor número de los 2.8 millones de turistas que viajaron a Cuba proceden de Canadá; en segundo lugar se ubica la categoría de otros destinos, con 1.1 millones de visitantes entre los que se incluyen los cubanos residentes en el exterior.

Cuba mantuvo su segunda posición como destino turístico del Caribe a pesar de la importante caída en la llegada de turistas europeos, provocada por la crisis económica que sacude a la eurozona.

La isla compensó esa caída con una política más abierta hacia los cubanos que residen en otros países, que se correspondió con una mayor flexibilización en las regulaciones estadounidenses para las visitas familiares a Cuba.

Jamaica, con 1.9 millones de turistas, Bahamas con 1.2 y Puerto Rico con 1.1 encabezan la lista de las islas caribeñas que reciben el mayor número de visitantes en la temporada alta , que va de noviembre a abril, un período en el que hay un frío invierno en sus países emisores.

Las estadísticas de la OTC no incluyen a los turistas de cruceros que visitan las islas tan solo por un día. Jamaica, por ejemplo, recibió el  pasado año a 1,5 millones de turistas de cruceros, en su mayoría, procedentes de los Estados Unidos, de Canadá y del Reino Unido.

Costa Cruceros invita a pasar las fiestas a bordo

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Tener la posibilidad de celebrar Navidad o Fin de año a bordo es un momento que siempre quedará en la memoria del huésped. Todas estas vivencias son posibles, solo resta embarcarse en alguna de la propuestas que el Grupo Costa tiene para este próximo verano 2012 /2013.

La nave decorada para la ocasión, Papá Noel visitando a los chicos en la navidad, menús alusivos a tan particulares momentos, un brindis muy especial para recibir un nuevo año y algún regalo que seguramente quedará atesorado entre los recuerdos más lindos.

COSTA SERENA Y COSTA FASCINOSA

Costa Cruceros ofrecerá la posibilidad de elegir 2 alternativas para disfrutar la navidad a bordo el imponente Costa Serena o el recientemente inaugurado Costa Fascinosa serán los barcos que el 22 de diciembre saldrán del puerto de Buenos Aires y permitirán durante 8 noches vivir momentos únicos, tales como la celebración lo requiere.

Si el deseo es recibir el 2013 de una manera diferente, emotiva, llena de diversión y alegría, 3 serán las propuestas para elegir, a las opciones mencionadas anteriormente del Costa Serena que saldrá el 30 de diciembre y el Costa Fascinosa que hará lo propio el 31, se suma el Costa Fortuna, nave que partirá el 27 de diciembre, con un itinerario de 9 noches, que cuenta con un detalle siempre muy valorado, el poder apreciar los fuegos de artificio desde la Bahía de Copacabana.

ALTERNATIVAS DE IBERO CRUCEROS

Por el lado de Ibero Cruceros, compañía perteneciente al Grupo Costa, ofrecerá 3 alternativas diferentes para pasar unas fiestas diferentes. Si el clima a bordo es algo que caracteriza a la compañía española en todos sus itinerarios, estas salidas tienen una atmósfera mucho más especial aún.

El Grand Celebration estará partiendo el 19 de diciembre desde Buenos Aires para celebrar el crucero de Navidad y regresando el 27 para iniciar su itinerario de fin de año que entre las 9 noches, que ofrecen su recorrido, también tiene ese agregado especial de realizar el brindis mientras apreciamos el espectáculo de fuegos artificiales en Río de Janeiro.

LAS OPCIONES MUCHAS Y VARIADAS

Las otras alternativas de Ibero Cruceros tienen una particularidad y es que nos dan la posibilidad de celebrar las 2 fiestas en un mismo viaje. Una de ellas será el Grand Holiday que estará partiendo el mismo 24 de diciembre desde el puerto de Buenos Aires y finalizará el 2 de enero del nuevo año, 9 noches recorriendo puertos como Ilhabela, Río de Janeiro e Itajai.

La otra será el Grand Mistral quien también tiene previsto un crucero donde celebremos la Navidad y el comienzo del nuevo año pero con otra particularidad, su duración será de 14 noches y su recorrido nos permite llegar hasta Salvador e Ilhéus en el mismísimo Nordeste Brasilero, además de playas como Portobelo, Buzios, Angra o Punta del Este.

Las opciones son muchas y variadas, el concepto es el mismo, que los huéspedes pasen unas fiestas inolvidables, en un ambiente que siempre guarda lo emotivo y alegre que estas fechas representan pero con el objetivo de generar el deseo de regresar a bordo…, y además con la gran posibilidad de poder abonar, cualquiera de estas propuestas, en pesos al cambio oficial.

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